Cuando el susurro se convierte en hoguera

Cuando el susurro se convierte en hoguera

Hubo un tiempo, y quizá no ha terminado, en que bastaba muy poco para condenar a alguien.

No hacía falta una prueba real, ni un análisis profundo, ni siquiera una intención clara. Bastaba con que una persona fuera distinta, que pensara diferente, que supiera cosas que otros no entendían, que se moviera y actuara fuera de lo esperado. Muchas veces eran mujeres: mujeres que conocían de plantas, que sanaban, que observaban, que aprendían por sí mismas.

Y entonces aparecía la palabra: Bruja. Pero con el significado más retorcido que uno pueda imaginar.

Esa palabra no era para nada inocente. Era una etiqueta que marcaba, que creaba bandos, que separaba, que justificaba el rechazo, la violencia y el castigo. Nombrar a alguien como bruja no era solo describirla, era definir su destino. Era quitarle su historia y reemplazarla por una versión ajena.

En la historia, muchas de las llamadas brujas no tenían nada que ver con pactos ni con fuerzas oscuras. Eran parteras, herbolarias, mujeres con conocimiento práctico y experiencia que conectaban con la vida. Pero ese conocimiento, al no ser comprendido o validado por la sociedad de su época generaba desconfianza. Y cuando una sociedad no comprende ni conoce algo, la mayoría de veces no lo investiga, simplemente lo rechaza.

Y así comenzaron muchas persecuciones.

Desde los sistemas de control y castigo de la Inquisición y los juicios de Salem, se repitió un mismo patrón: acusaciones basadas en rumores, testimonios poco fiables y creencias colectivas que se mantenían en pie por el miedo y el repudio.

No era necesario que algo fuera cierto, bastaba solo con que alguien lo dijera. Y ahí está el punto más importante. Porque el problema nunca fue solo la brujería. El problema fue, y sigue siendo, cómo hablamos de los demás.

Cómo una idea se instala sin ser cuestionada en ningún momento, cómo una historia se repite sin verificarse. Y cómo una etiqueta se puede convertir en la identidad de alguien aunque no corresponda, simplemente porque alguien más lo dijo.

En ese entonces, una persona podía ser acusada por detalles mínimos: por sanar con hierbas, por tener el cabello rojo, por comportarse distinto, por tener los ojos de color, por no encajar en la estructura física ni psicológica. Cualquier acción podía ser sacada de contexto y utilizada como “prueba” para reafirmar el rumor. Pero en realidad, no se trataba de lo que la persona hacía, sino de lo que otros necesitaban creer sobre ella.

Hoy, las cosas no son tan diferentes como nos gustaría pensar. Las hogueras ya no siempre son físicas, pero existen. Aparecen en los comentarios, en los rumores, en las conversaciones donde alguien define a otro sin conocerlo realmente. Aparecen cuando una historia se repite tantas veces que se vuelve “verdad”, aunque nadie se haya detenido a comprobarla. La cacería de brujas no desapareció solo cambió su forma de mostrarse.

Sigue funcionando igual: alguien dice algo, otra persona lo repite, y con el tiempo muchos lo creen. Y casi nadie se detiene a preguntar si es cierto. En aquellos tiempos, no solo eran responsables quienes señalaban primero. También lo eran quienes escuchaban y decidían creer sin cuestionar, quienes repetían la acusación, quienes miraban y callaban. Porque una cacería no se crea con una sola voz, se crea con muchas. Con quienes eligieron no preguntar. Con quienes prefirieron encajar antes que dudar. Con quienes tomaron una historia ajena y la hicieron propia, sin detenerse a ver a la persona detrás del nombre de bruja. Y quizás ahí está una de las verdades más incómodas, que no solo condenaba quien acusaba… también condenaba quien repetía.

Hoy por hoy, tal como antes, lo mínimo puede ser usado en contra de alguien: un gesto, una palabra, una decisión, incluso el querer defenderse… ¿pero ellos? Ellos no, ellos están bien con lo que hacen. Es lo correcto. Donde todo puede ser interpretado, exagerado o sacado de contexto e incluso reescrito deformando aún  más la realidad para encajar en una historia que ya fue creada por alguien, por algunos y por muchos que se unieron solo a repetir el eco para dañar a otro, tal vez solo por querer pertenecer o por odio, por miedo, aunque eso pusiera en juego sus propios valores, humanidad y conciencia.

Así se construyen imágenes que no representan a la persona, sino a lo que otros decidieron ver en ella. Y eso también es una forma de daño, aunque se intente justificar, como en la antigüedad cuando te llamaban bruja. Siendo aquí lo más injusto y cruel el que muchas de esas mujeres nunca tuvieron la oportunidad de explicarse. Su verdad, su voz, nunca fue escuchada, porque ya había sido reemplazada por lo que otros decidieron creer.

Pero la historia también nos deja una lección, que muchas de esas mujeres que fueron acusadas no eran peligrosas, sino incomprendidas, que realmente no eran una amenaza, solo distintas. Que no eran oscuridad encarnada, sino que llevaban consigo conocimiento que no encajaba en su época.

Y tal vez por eso incomodaban; porque sabemos que lo diferente obliga a cuestionar lo que ya se ha establecido socialmente; porque lo desconocido te obliga a pensar; porque lo que no encaja muestra los límites de lo que creemos normal; por eso este no es solo un texto sobre brujas, es un texto sobre responsabilidad. Sobre la urgencia de detener el ciclo invisible de las palabras y murmuros que no son cuestionados. Sobre la necesidad de mirar antes de repetir como si se fuera un ser sin conciencia propia, de preguntar antes de asumir, de comprender que siempre hay algo no mostrado antes de juzgar.

Porque cada vez que una voz se suma sin reflexión a un relato ajeno, se alimenta una hoguera antigua. Y cada vez que alguien decide no hacerlo, se apaga, aunque sea un poco.

Quizá la verdadera diferencia entre el pasado y el presente no está en las acusaciones, sino en la posibilidad.

Hoy podemos elegir.

Elegir no participar en la cacería, elegir no sostener historias que no nos constan, elegir ver a la persona antes que al rumor. Porque, al final, no todas las flores que crecen fuera del jardín son malas hierbas. Algunas, simplemente, nacieron en otro lugar.

Y tal vez, si dejamos de temerles, podamos aprender algo de ellas.

 

2 comentarios de “Cuando el susurro se convierte en hoguera

  1. Luma dice:

    Precioso Malori, muchas gracias ❤️‍🩹
    Estudiando enfermería tenía una materia sobre derechos humanos y cuando la profe nos pidió que hiciéramos una investigación histórica de momentos donde se habían violado estos derechos, metí de cabeza la casería de brujas. Mis compañeros no entendían nada y luego la profe me decía que era suficiente información porque ya terminaba la hora y la perra seguía y seguía 😆no iba a quedar callada con tanta info de oro, ellas debían ser escuchadas🥹✨🙏🏻

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