Formar parte del mundo sin perderme en él
Estando en temporada de eclipses, siento que es bastante natural que quienes nos dedicamos a lo espiritual —la brujería, el tarot, las terapias y, en general, quienes vivimos desde una sensibilidad más intuitiva— percibamos con mayor intensidad ciertos movimientos. Como si la energía de nuestro entorno también se moviera al ritmo de los astros, las estrellas y el firmamento.
Y estas últimas semanas, particularmente, me ha pasado algo.
Me ha costado seguir el ritmo de lo social.
Lo digo desde mí, desde mi propia experiencia y desde mi propia naturaleza, porque siempre he sido una persona bastante ermitaña. Prefiero muchas veces la soledad antes que permanecer en compañía de personas con las que no logro sentirme completamente cómoda. A veces porque no logro comprenderlas del todo; otras veces, quizás, porque las comprendo demasiado y es precisamente desde ahí que nace mi incomodidad.
También hay algo de autocuidado en eso.
He aprendido que no tengo por qué permanecer en espacios, vínculos o dinámicas que sé que pueden generar contradicciones dentro de aquello que quiero vivir, sentir y construir para mí.
Últimamente me siento desconectada del mundo, pero, curiosamente, mucho más conectada con mi espiritualidad.
Me siento más intuitiva. Más sensitiva. Más soñadora. Más lúcida dentro de mis sueños. Siento con mayor intensidad ciertas cosas, percibo otras y necesito mucho más silencio para poder entender todo aquello que está ocurriendo dentro de mí.
Y, al mismo tiempo, siento que me estoy alejando de ese ritmo vertiginoso que parece llevar el mundo: el «ahora, ya», la ansiedad, la necesidad de tenerlo todo inmediatamente, la sensación de que siempre deberíamos estar haciendo algo, produciendo algo, respondiendo algo, mostrando algo.
Es un ritmo que muchas veces ni siquiera nos permite sentir.
Y yo necesito sentir.
Soy una persona que siente muchísimo. Necesito espacio. Necesito respirar. Necesito sentarme conmigo misma y permitirme experimentar mis emociones antes de continuar.
Porque cuando no lo hago, cuando simplemente sigo y sigo, puede pasar un día, luego una semana y después varias, hasta que un día me doy cuenta de que dejé demasiadas cosas atoradas dentro de mí. Emociones que nunca alcancé a sentir completamente. Sensaciones que no escuché. Percepciones que ignoré porque aparentemente había algo más urgente que hacer.
Y entonces llega ese momento en el que me pregunto:
¿Quién soy?
¿Qué estoy haciendo?
¿Por qué no me reconozco?
Y quizás la respuesta no es que haya dejado de ser yo.
Quizás simplemente he estado viviendo demasiado rápido como para poder encontrarme.
Por eso últimamente me ronda tanto la sensación de que tiene que existir algo más. Me pregunto qué viene, qué está pasando, qué existe más allá de este ritmo que hemos normalizado. Me pregunto si existe otra manera de habitar mi propia vida, una en la que pueda sentirme más yo misma sin tener que alejarme completamente de la realidad en la que vivo.
Porque también ocurre algo muy particular cuando trabajas acompañando a otras personas.
Te levantas, trabajas, atiendes, escuchas historias, emociones, problemas, procesos. Pones tu atención en tantas vidas que, cuando finalmente termina el día, puedes descubrir que no le prestaste atención a la tuya.
Y así también se pasan los días.
Algo parecido siento que sucede con las redes sociales.
Vivimos en una época de exposición constante, donde fácilmente podemos terminar cargándonos con las expectativas que otras personas proyectan sobre nosotros: quién creen que deberíamos ser, cómo deberíamos comportarnos, qué deberíamos mostrar, qué deberíamos pensar, cuánto deberíamos compartir o qué versión de nosotros resulta más aceptable para los demás.
Pero las expectativas ajenas no son nuestra realidad.
Son solamente ideas que otras personas construyeron sobre nosotros.
Y cuando uno comienza a vivir tratando de sostener esas ideas, las redes pueden convertirse lentamente en una especie de cárcel. Un espacio en el que, sin darte cuenta, puedes comenzar a perderte.
Creo que eso es parte de lo que me tiene un poco fragmentada.
Hay una versión de mí que a veces siento que ya no me pertenece completamente. Y por eso siento una necesidad muy profunda de volver a mí.
Pero volver de verdad.
No volver un poquito.
No recuperar solamente las partes cómodas.
Volver del todo a mí.
Y con esto no estoy diciendo que hoy no sea yo misma. Estoy diciendo que no quiero permitir que las expectativas ajenas terminen construyendo una persona que yo nunca quise ser.
Tengo derecho a existir dentro de mi propia naturaleza.
Tengo derecho a vivir desde mis propias habilidades, mis sensibilidades, mis tiempos, mi manera de comprender el mundo y mi propia forma de vida.
Y, sobre todo, tengo derecho a preguntarme cuáles son MIS expectativas sobre mí misma antes de intentar cumplir las expectativas de los demás.
Esta temporada de eclipses me ha llevado bastante hacia el fondo.
Me he sentido susceptible. Me he sentido vulnerable.
Pero no entiendo esa vulnerabilidad como debilidad.
La entiendo como la posibilidad de mirarme desde un lugar mucho más amable. Como la capacidad de reconocer lo que me pasa sin juzgarme inmediatamente por sentirlo.
Y, paradójicamente, dentro de esa vulnerabilidad también me he sentido muy fuerte.
Porque puedo escucharme.
Porque puedo reconocer que algo dentro de mí está pidiendo un cambio.
Sé lo que quiero conservar. Sé qué cosas ya no quiero sostener. Y aunque, como cualquier persona, no tengo todas las respuestas, hay algo que sí sé: quiero algo más.
Quiero algo diferente.
Todavía estoy descubriendo exactamente qué significa ese “algo más», pero siento que parte del camino consiste en comenzar a quitarme ciertas capas que esta sociedad, este ritmo y esta época han ido poniendo sobre mí casi sin que me diera cuenta.
Porque sí, formo parte de esta sociedad.
Formo parte de este mundo.
Formo parte de este ritmo.
Pero formar parte de él no significa que tenga que vivir al mismo compás.
Y cuando digo que necesito volver a mí, también hablo de cosas que quizás parecen pequeñas, pero que para mí nunca lo han sido.
Necesito espacio para volver a encontrarme en mis letras, en mis escritos, en esas palabras donde solamente yo sé a quién le estoy escribiendo.
Necesito tiempo para escuchar y disfrutar mi música sin estar pensando en qué está pasando en mi teléfono, quién me está escribiendo, quién necesita algo de mí o qué está ocurriendo mientras yo intento estar conmigo.
Necesito volver a encontrarme en esos momentos en los que simplemente estoy mirando el techo.
Porque necesito jugar con mi imaginación.
Necesito pensar. Necesito analizar el mundo, analizar el universo, perderme en mis propias preguntas y permitirme llegar a lugares que solamente existen cuando tengo el tiempo suficiente para quedarme en silencio conmigo misma.
Necesito leer libros.
Necesito escribir.
Necesito escuchar música sin hacer nada más.
Necesito imaginar.
Necesito volver, de verdad, a mí.
Y para hacerlo también necesito ser sincera conmigo misma.
Necesito reconocer que, incluso dentro de este espacio inmenso que he construido desde mi naturaleza ermitaña, todavía necesito guardar un espacio que sea solamente mío. Un lugar al que no tenga que entrar nadie más. Un espacio donde no tenga que responder, atender, explicar ni sostener absolutamente nada.
Y no quiero dejar de ser ermitaña. No pretendo abandonar esa parte de mí porque, sencillamente, es parte de quien soy.
Es parte de mí.
Y quiero seguir cuidándola.
También quiero dejar algo muy claro: amo profundamente lo que hago. Adoro lo que hago y cada cosa que entrego la hago con muchísimo amor para cada persona que llega a mí y decide confiarme una parte de su historia, de sus preguntas, de sus emociones o de su proceso.
Necesitar este espacio no significa que quiera alejarme.
No significa que vaya a desaparecer ni que haya dejado de amar aquello a lo que me dedico.
Significa que en este momento también estoy decidiendo ser sincera conmigo misma.
Estoy dándome el espacio para escucharme.
Para sincerarme.
Para preguntarme qué necesito yo.
Porque también necesito escucharme para poder seguir avanzando.
Y quizás una parte importante de poder acompañar genuinamente a otros consiste precisamente en no abandonarme a mí misma mientras lo hago.
Necesito volver a mi centro, reconocerme y habitarme nuevamente desde un lugar verdadero. Porque quiero seguir entregando lo que hago desde ahí: desde mi versión más real, no desde una versión agotada por intentar alcanzar el ritmo de todo lo demás.
Quiero seguir acompañando a quienes llegan a mí.
Quiero seguir siendo un apoyo para quienes necesiten de mí.
Pero también quiero hacerlo siendo yo.
Estando presente.
Estando conectada conmigo.
Y entendiendo que darme espacio no significa dejar de estar para los demás.
A veces, darme espacio es precisamente la manera que tengo de volver a ellos sin haberme dejado a mí misma atrás.
Quizás este momento de mi vida no se trata de encontrar inmediatamente una nueva versión de mí.
Quizás se trata simplemente de hacer suficiente silencio para recordar quién estaba debajo de todas esas capas.
Y volver.
Volver a mis propios tiempos.
Volver a escucharme.
Volver a sentir.
Volver a habitar mi propia vida.
Volver, del todo, a mí. ♡
P.D. Para ti, que estás leyendo esto:
Si llegaste hasta aquí y alguna parte de estas palabras resonó contigo, quizás tú también necesites darte un espacio para volver a ti.
No necesariamente porque estés perdido, ni porque haya algo malo en la vida que estás construyendo. A veces simplemente hemos pasado demasiado tiempo escuchando el ruido de afuera y muy poco tiempo preguntándonos qué está ocurriendo adentro.
Así que, si necesitas silencio, dátelo.
Si necesitas desaparecer un rato del ruido, hazlo.
Si necesitas escuchar esa canción diez veces, mirar el techo, escribir algo que nadie más va a leer, caminar sin rumbo, leer un libro, dormir, llorar, imaginar, crear o simplemente existir sin tener que explicarle a nadie qué estás haciendo con tu tiempo, permítetelo.
No todo momento de nuestra vida tiene que ser productivo.
No todo tiene que convertirse en contenido.
No todo tiene que ser compartido.
Hay cosas que pueden seguir siendo solamente tuyas.
Y quizás, entre tantas exigencias, expectativas, pantallas, mensajes y voces diciéndonos quiénes deberíamos ser, uno de los actos más íntimos que podemos tener con nosotros mismos sea hacer silencio y volver a preguntarnos:
¿Qué necesito yo?
Ojalá nunca te dé miedo escuchar la respuesta.
Y si alguna vez sientes que te has alejado demasiado de ti, recuerda que siempre puedes volver.
A tus palabras.
A tu música.
A tus pensamientos.
A tus rarezas.
A tus tiempos.
A aquello que haces cuando nadie te está mirando.
A todo eso que, de alguna manera inexplicable, siempre te ha hecho sentir en casa.
Vuelve a ti.
Las veces que sean necesarias.

🫂💗✨ amo